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Redescubrir el arte en la era millennial




Los millennials todo lo transforman y a todo se adaptan. Son quienes más uso le dan hoy a las redes sociales, como consumidores y también como matriz creadora permanente de contenido.

En la resignificación es donde más fuerza cobra la también llamada Generación Y, que incluso está redefiniendo la manera en la que nos vinculamos con elementos que solían ser abstractos, como es el caso del arte y el diseño.

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Hoy ya no es necesario acudir a una galería para ver un cuadro o estar presente físicamente en una obra para sentirla cerca, para adueñarse de ella;  porque la experiencia no está en el otro. Está en vos, donde quiera que estés. El consumo forma parte de todos: todos consumismos y otros nos consumen. Incluso sin intercambio moneatrio y para ellos es hasta mejor así, hoy lo cool no es gastar, ni invertir. Hoy lo cool está en nosotros, en todo, en la libertad de ser parte. En ser a veces protagonista, y otras espectador. Hoy lo cool es la búsqueda de lo no impuesto. Sos vos.

Lo artístico como expresión privada para aquellos que se encuentran entre las generaciones X y Z es algo completamente ajeno. Alcanza con adentrarse en internet para conocer los trabajos de autores completos y, para los sub 30, si son de la época de los ’80 todavía mejor, década que cautiva y causa admiración entre los millenials.

El arte como un elemento tangible y analógico que sirve únicamente para ser disfrutado por un puñado de personas que manejan la misma simetría que el dueño del producto a admirar es un concepto absolutamente vintage y demodé.

El arte, como una creación total y compartida, se reproduce, se pasa, se likea. Los hechos artísticos pasan por un blog, una publicación en Instagram o incluso un graffiti, ya sea un mural que se convierte en dueño de la calle o en una miniatura que es casi un guiño para los atentos.

El gasto, el consumo, la avaricia, la exclusividad. El correr detrás de modas de último momento o el mero concepto de pertenencia fundado únicamente como idea de ser parte de actividades privadas hoy ya no tiene ningún sentido.

El pertenecer pasa más por el ser. Por la experiencia y el compartir, aunque no sea físicamente, aquello que nos cautiva y nos obliga a explorar en lo profundo de nuestra sensibilidad.

Con una fuerte impronta de humor, el arte ya no es solemne y exclusivo. Está en una remera y en un llavero que compramos en una casa de venta de artículos usados también.  Porque, ¿quién necesita exclusividad cuando lo exclusivo somos nosotros?

La generosidad del pasar de mano en mano una prenda –y su historia- como cargar gratis en distintas plataformas la música que hacemos o subir en alta definición una obra para que pueda ser reimpresa en cualquier parte del mundo también habla de nosotros. De lo que somos y la huella que queremos dejar. La nuestra.


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