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Volver a las bases de la publicidad



La publicidad cuenta algo: una historia, un deseo, una ilusión. Esa es su base y condición indispensable para el éxito. Nunca se trata de vender un producto, muchos menos de instalar una marca sin un “cuentito” detrás. Eso es frío e impersonal, pero lo peor de todo, no es perdurable.




Cuando lo que se quiere narrar es algo más parecido a un sueño, a una imagen reflejada en una revista, un cartel o, mejor aún, una gigantografía en la vía pública (aquí adjuntar link), al público suele quedarle algo más rondando en la cabeza. Ese algo más, suele ser algo parecido a una esperanza.
Porque, y yendo en contra hasta de los intereses del propio blog, a quién le importa tener un par más de zapatillas. ¿Acaso hacen algo diferente que las anteriores? ¿Me teletransportan? ¿Hacen que corra como Usain Bolt? Claro que no.
Convengamos que la tecnología aplicada a las zapatillas es básicamente la misma desde hace varios años, por lo que si desde el 2000 a esta parte adquiriste algún par podemos interpretar que ya conocés de qué se trata.
Son unas zapatillas, sí, entiendo. Goma, tela, cordones, plantillas. Algún color más estrambótico que otro, con apliques o completamente despojadas. Hasta aquí: zapatillas.
Pero qué nos pasa a nosotros entonces cuando vemos ese cartel gigante en medio de la autopista, mientras estamos atascados en el tráfico, de camino a nuestra casa, en la que nos espera hacer la comida, pasear al perro y sacar la basura. Agotados, todavía con el sándwich que compramos de paso en una estación de servicio corriendo por la comisura de nuestros labios y la radio sonando de fondo con una música indescifrable e impersonal.
Mientras estamos ahí, inmersos en nuestro submundo de listas y compromisos, siempre llegando a tarde a todos lados, nos quedamos frezados viendo esa imagen enorme, como si se tratase de un mensaje divino que nos llega entre los edificios.
El diseño es acotado e indispensable. Unos pies rebotan contra el asfalto apenas húmedo en la más remota soledad. Y vos, que estás ahí metido, todavía con la mitad de la cabeza en el trabajo y la otra mitad en las responsabilidades que vendrán en el mismo momento de que te bajes de esa lata, añoras eso.
Jamás corriste en tu vida más que para alcanzar un colectivo que se iba sin esperarte, pero en ese momento un pensamiento irrefrenable se apodera y en lo único que podés pensar es en bajarte del auto y correr. Correr entre los coches, correr de tus obligaciones, sacarte esa mufa pesada. Rápido y sin mirar atrás, resoplando el cansancio, sacudiéndote con brutalidad la modorra que toma todo tu cuerpo.
Y miras ese cartel de lona que se suspende en el aire y ya ni cuenta te das que la fila de coches avanzó y los bocinazos de los que se encuentran detrás de ti son todos para vos. Esa ilusión tuvo su primera consecuencia real: hizo hasta frenar el tránsito en una autopista. 
La publicidad cuenta algo, de eso se trata. Nunca son las zapatillas.

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